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Crónica de la vuelta a la presencialidad de la mano de la incertidumbre

A pesar de la incertidumbre que impera en la comunidad escolar, la escasez en los insumos sanitarios y las dudas en cuanto a organización de horarios y protocolos, este miércoles más de dos mil escuelas de la Ciudad de Buenos Aires abrieron las puertas y comenzaron las clases presenciales. Esta semana le tocó a los chicos y chicas del nivel inicial, y a los estudiantes de los tres primeros años de la primaria y los dos primeros de la secundaria. Por la mañana, en las puertas de algunos colegios se formaron aglomeraciones, y en otros hubo muchas faltas. Entre los padres y madres las opiniones son diversas: mientras algunos creen que aún no están las condiciones para garantizar una presencialidad segura, otros sostienen que la vuelta a las escuelas era necesaria. En el resto del país, estudiantes de otros tres distritos -Jujuy, Santiago del Estero y Santa Fe- también iniciaron las clases presenciales. 

En la puerta de la escuela primaria N°17 del barrio porteño de Villa Crespo, una decena de padres y madres recibían a sus hijes. Benjamín, con el guardapolvo impecable y la mochila todavía puesta, aguardaba junto a su padre mientras su mamá hablaba con la directora. “Como no sabíamos qué hacer porque no nos llegó el cronograma por mail, esta mañana nos levantamos y lo trajimos. Por suerte, justo le tocaba el turno, así que tuvo clases”, relató el padre del niño, que acababa de cursar su primer día de escuela primaria y advirtió que “después de un año sin venir al jardín teníamos un poco de miedo sobre el inicio de clases, sobre todo porque no teníamos mucha información”. Del otro lado Diana, madre de Tiara, le sacaba una foto a su hija con la fachada de la escuela. Tiara, que también empezó primer grado, se acomodó el barbijo y posó junto a su mochila fucsia con rueditas. Estaba contenta, y dijo que le fue “muy bien” en el primer día de clases. Lo que no sabe ni ella ni su mamá es si mañana les toca a la mañana o en el turno de la tarde, que es más corto.

Pasadas las 12 del mediodía todavía quedaban chicos y chicas a la salida del edificio, ubicado sobre la calle Julián Álvarez, esquina Camargo. La escuela tiene en total 17 grados con más de 400 alumnos. En una hora empezaba el siguiente turno y Marcela Mach, a cargo de la dirección, recibía a los padres y evacuaba dudas y consultas. “No damos abasto. Tenemos gente nueva que hay que capacitar. Acabo de hacer el reclamo porque faltan elementos como barbijos, que vinieron 30 cuando acá trabajan unas 68 personas”, señaló a este diario la directora de la escuela. A la mañana, Mach tuvo que intervenir para descongestionar la aglomeración que se había formado: además de los padres, madres, chiques y docentes, llegaba el camión con los productos para las canastas de alimentos. “Nos habían dicho que entregábamos el viernes, por lo que no tenían que llegar hoy”, relató Gilda, una de las docentes de la escuela, y advirtió que “cuando hay descarga de alimentos no deberían estar los chicos y chicas por ahí. Es un peligro en cuanto a contagios”. 

En la esquina, un hombre salía de la librería “Dani” y le daba paso a una mujer y su hija. “Hoy empecé pero mañana no vengo. Me tienen que avisar cuándo vuelvo a cursar”, relató Sofía, que empezó primer año de la secundaria en el Comercial N°16, a dos cuadras de ahí. En la librería, Sofía pidió el cuadernillo que le indicaron. “En otros años los docentes me dejaban para fotocopiar los materiales antes del inicio de clases, pero esta vez hasta último momento no sabían qué iba a pasar, hay mucha incertidumbre”, señaló Daniel, que es dueño de la librería y advirtió que el año pasado “fue muy complicado. Si no fuera por la ayuda de mi familia, hubiera cerrado el local”. 

En la puerta del jardín de infantes Andrés Ferreyra, frente al Parque Centenario, unos veinte padres y madres aguardaban el horario de entrada. “Sé que es un riesgo, pero soy de las que está a favor de que tengan clases presenciales”, señaló Silvana, que llevaba a su hija, Chavela, escondida detrás de las piernas. Vestida con guardapolvo azul a cuadros, Chavela empezaba su primer día de preescolar. El edificio, antiguo y de una sola planta, tenía las ventanas abiertas, y en el salón principal, el ventilador encendido. Colgaban del techo globos y guirnaldas. En una de las aulas, de unos tres metros cuadrados, una cinta en el suelo dividía cuatro espacios con distintos juguetes. “Tuvimos que hablar y explicarle que no se puede sacar el barbijo, compartir su botella de agua o los juguetes”, explicó Jenny, otra de las madres que se acercó con su hijo al jardín y aclaró que espera “que los protocolos se cumplan”. A pocas cuadras, los alumnos del colegio privado Newland también esperaban el horario de ingreso. “El colegio no tuvo mucho tiempo para organizarse porque los protocolos se conocieron hace unos días. La verdad es que por trabajo necesitamos que vuelvan las clases, aunque el miedo de contagiarse sigue estando”, sostuvo Viviana, madre de una de las alumnas de primer grado. La institución, en este caso, adoptó un sistema mixto: algunos días las clases serán por videollamada, y otros serán presenciales. “Esperamos que se puedan cumplir los cuidados, aunque hoy no tenemos certezas de nada”, señaló la mujer, que vive en el barrio porteño de Caballito.

En las secundarias, la concurrencia fue menor. “El problema es el mismo en muchas escuelas. La infraestructura no está preparada para la ventilación, no se pusieron los purificadores con los filtros y las mascarillas no alcanzan”, advirtió Diego Marranti, docente de la escuela Comercial N°12 de Lugano y vicedirector del Comercial N°32, ubicado en el barrio de Liniers donde, según afirmó, asistieron a clases “sólo diez de los treinta chicos que tenían que venir, es decir, nada más un tercio”. En sus redes sociales, la ministra porteña de Educación, Soledad Acuña, afirmó este miércoles que “las aulas más peligrosas son las que están cerradas”, sin embargo, docentes y directivos de distintas escuelas de la Ciudad confirmaron que no tienen la misma sensación. “No llegaron los kits para todos los maestros, no hay dispenser de alcohol ni jabón en los baños. La escuela no está en condiciones y las clases comenzaron igual”, advirtió Paulina, docente de la escuela primaria “Banderita”, del Polo Educativo Mugica, donde la mayor parte del alumnado vive en la villa 31.

“Nos dicen que somos esenciales pero nos dejan a suerte de cada uno. Si pasa algo, la responsabilidad no es del Gobierno porteño sino de la escuela que no se supo gestionar”, opinó Yamila, docente de la primaria N°17 de Villa Crespo, y relató que en su clase, una alumna que tenía los cordones desatados le pidió ayuda, a lo que ella no supo cómo reaccionar. “Por protocolo no me puedo acercar, entonces esa nena sale al patio, que está húmedo por la desinfección, y se puede caer y golpearse la cabeza”, señaló la docente y advirtió que “no estamos listos para afrontar la presencialidad”. 

Informe: Lorena Bermejo.

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